Sobre mí

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Soy Claudia Lorenzo, escritora, periodista (colaboro en GQ, Atlántica XXII, he escrito para La Nueva España, Astures.info, CTXT), crítica de cine (labor que hasta ahora he hecho principalmente en la revista La Crítica), guionista (en mi tiempo libre y en casa, de momento, aunque andamos moviéndonos), ejecutiva de cuentas, asturiana y, quién sabe si muchas cosas más en el futuro. Amo Nueva York, Edimburgo, Amsterdam, Lavapiés y mi tierra, mi palabra favorita desde hace casi 30 años es “helado” y soy intolerante al gluten, lo que indica que la Naturaleza es sabia e instauró una ley para que no me volviese gorda como una vaca. Voy al cine desde que mi madre decidió llevarme cuando era un retaco (aún hoy cuenta cómo cuando me aburría daba paseos por el pasillo, pero soy incapaz de situar ese momento plácido temporalmente, teniendo en cuenta que a los cinco años me arrastró a ver Bailando con lobos, que duraba un potosí y que, por cierto, me gustó mucho), he visto chiquicientas veces Titanic en el cine (y en cuatro países y dos continentes diferentes), soy fan de Jane Austen, Dorothy Parker, Woody Allen, Billy Wilder, Isabel Coixet, J. K. Rowling o Nick Hornby, entre otros, y adoro la literatura policíaca, influencia paterna pura y dura. Soy licenciada en Comunicación Audiovisual, viví durante casi tres años en Estados Unidos, tengo un máster en guión, uno en estudios literarios ingleses y, si me dejáis, me hago cinco más. Dirigí dos o tres cortos (el tercero tan fallido que lo considero un mutante), me di cuenta ahí de que tener productor es lo más importante en rodaje, y estuve casi diez años sin volver a tocar una cámara por las canas que me salieron tras ellos.

Nora Ephron nos garantizó que, aunque costase mucho, se podía tener todo, y cambiar de carrera tres o cuatro veces si era necesario, así que a día de hoy, ¿quién sabe?

Hace unos años estaba tomando un café con una amiga y excompañera de trabajo, y hablamos del máster que ella había hecho en Estudios de Género y su trabajo final, algo de la escasez de referentes femeninos que tienen los niños en los programas infantiles. Me picó la curiosidad y comencé a pensar que tal vez a esa insuficiencia se debiese que, pese a mi amor por Los Cinco, no lograba identificarme ni con Jo (que quería ser chico) ni con Ana (que era una cursi negada para las aventuras). Eso también me llevó a entender mi adoración por el Power Ranger amarillo (chica pero no rosa), Matilda (la de Roald Dahl) o la Bella de La Bella y la Bestia. Inconscientemente, mi necesidad de tener personajes como yo en los que mirarme cuando crecía me llevó a admirar a Vada Sultenfuss o las chicas de Amigas para siempre. No era “cine de chicas”, como se le consideró, porque Solo en casa, Cuenta conmigo o Aladdin no eran “cine de chicos”, pero era un cine que ponía de relieve la experiencia de gente como yo, del 50% de la población.

Cuando una comienza a darse cuenta de la falta de personajes complejos femeninos en el cine, o de la abundancia de clichés, no hay forma de volver atrás. Es imposible mirar con los ojos de antes las películas de ahora, y eso en ocasiones es capaz de jorobarte experiencias que antes atesorabas. Comienza a ser común en tu vocabulario crítico la expresión “¡Pero qué personajes femeninos catastróficos!”, y algunos se quejan de que siempre protestas por lo mismo. No hay vuelta atrás.

Por eso quiero escribir de cine desde estos ojillos, que son los míos, ni mejores ni peores que otros, pero sí propios. Quiero ser capaz de hablar de mujeres que triunfan delante y detrás de las cámaras, de mujeres que narran historias de mujeres, de mujeres que narran historias de hombres, de hombres que hablan de mujeres, de hombres que hablan de hombres y de muchísimas películas que deberían analizarse desde un punto de vista femenino, por pertenecer a una mayoría, no a una minoría. Soy feminista, claro. Pero hablando de igualdad, ¿quién no lo es?