El horror, el horror

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Por Claudia Lorenzo

Pocas películas he visto en los últimos años que me hayan transmitido una sensación de desorden igual a la que me invadió cuando terminé de ver Toni Erdmann. La gran comedia alemana de este año (y, a juzgar por su género, de las últimas cinco décadas por lo menos…) ha arrasado con premios europeos e internacionales y ya tiene un remake confirmado, protagonizado por Jack Nicholson y Kristen Wiig. La necesidad de dicho remake no la vamos a discutir aquí porque, recordemos, Charada tiene una versión siglo XXI con Mark Wahlberg, así que hemos de asumir que a Hollywood le emociona perpetrar atentados como lo hecho el año pasado con El secreto de sus ojos.

Pero sí me apetece hablar de Toni Erdmann por dos razones. La primera, me resulta inconcebible que una historia tan aparentemente deslavazada haya conquistado en masa a públicos de lugares tan diferentes del mundo. La segunda, es tremendamente interesante el poso que deja su personaje principal y su actitud frente a la vida, el retrato generacional que presenta y la forma en la que esto se trata en el filme.

Toni Erdmann es, ante todo, una comedia surrealista a la que (parece) le sobra una media hora y unas cuantas escenas. Pero, también, es un cajón de sastre tan ordenado en su desorden que resulta difícil pensar que se podría haber hecho de otra forma, sobre todo teniendo en cuenta que lo absurdo de su propuesta técnica (no de su fondo) es lo que al final ha conectado con los espectadores. Es, probablemente, la producción más extraña que ha aterrizado en las pantallas en mucho tiempo, sobre todo porque parte de esa extrañeza, de esa diferenciación, está en el hecho de que buscar tocar al espectador a través de la risa, y no del llanto.

A menudo vemos propuestas que, en base a la experimentación técnica o artística, desean revolucionar la forma de contar historias. Los festivales de cine están llenos de ellas, en mayor o menor medida. La experimentación en la forma de contar la historia y emplear el humor no es tan común, tal vez porque la risa es una reacción visceral, muchas veces incontrolable, que en ocasiones nos hace preguntarnos cosas que no desearíamos. El éxito de Girls se basa en esto. La risa que el coprotagonista de Toni Erdmann busca en su hija es tan revolucionaria como la que su directora, Maren Ade, busca en el público, esa risa que sale sola, que es estruendosa y que, cuando la pensamos, nos hace revolvernos en el asiento. Es una risa espontánea que se escapa de toda lógica, como muchas de las situaciones que presenta este relato y que parecen no tener razón de ser.

Es la incomodidad, el tedio que provocan fragmentos de la historia, lo que sorprende y lo que hace que la película me parezca un desbarajuste, tal vez calculado, pero muy loco. Muchas escenas tienen una relevancia tangencial y forman parte del argumento no por lógica sino por intentar situar al espectador en el estado de ánimo de su protagonista. Sin embargo, la pregunta es: para llegar a esa, esta vez sí, genial escena fiestera final en la que se desatan los sentimientos de la protagonista, además de las carcajadas de los espectadores, ¿se podía haber evitado algo o era necesario pasar por todo lo anterior? ¿Hubiese sido igual la respuesta de la audiencia sin la sucesión de escenas anteriores, incluso las más incomprensibles? ¿Qué supondría sacrificar determinados momentos que tienen un pico alto en su final pero que resultan eternos? ¿Cuán ordenada está en realidad la aparentemente desordenada propuesta de Ade?

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A la hora de responder a esas preguntas, parece inevitable tratar la forma de ser de la protagonista, un arquetipo actual de persona inmersa en el mundo profesional, que se define por su trabajo y que cree que dicha definición es suficiente para realizarse como ser humano y salvar todas las carencias afectivas que se puedan tener. La presencia del padre, lo que él significa en la vida de la protagonista y las lagunas sentimentales que deja su ausencia, la vuelta  de la imagen familiar a su vida, el regreso de alguien que la conoce, sacude ya de por sí sus cimientos, incluso mucho antes de que ese alguien decida actuar.

Ines Conradi es el prototipo de mujer infeliz que no sabe canalizar su desdicha porque quiere creer que es completamente feliz con su trabajo, que su profesión la realiza y que lo mejor que puede hacer en su vida es seguir creciendo como ejecutiva, tener éxito. Su padre es un ser que se nutre de conexiones humanas, que cree que la vida merece la pena ser vivida simplemente por disfrutarla, y que detecta en su hija no sólo una ambición profesional con la que no se identifica, sino una frialdad hacia los demás seres humanos que desconocía en ella.

El personaje de Ines, tan alejado de su propia piel, tiene una existencia tan incómoda como la propia película. Es una mujer atrapada en un círculo, con pocas posibilidades de salir de él porque ha descubierto que, de poner un pie fuera, algo duele. Es un tipo de ser humano que, en mayor o menor medida, se cruza con nosotros (o nos invade) diariamente. Por esa alienación de sí misma, llora Ines cuando se va su padre, se angustia cuando canta y se ve reflejada en las letras que salen de su boca, tiene relaciones sexuales buscando una sacudida emocional, se pone a la defensiva cuando su padre le llama la atención por no ver el contexto rumano en el que se mueve su mundo corporativo y, finalmente, celebra la fiesta más extraña y perturbadora que hemos visto en mucho tiempo, una fiesta en la que los aislados de la realidad en busca de algún tipo de conexión se unen en su forma más pura.

El retrato generacional que presenta Marien Ade  es desesperanzador, cruel, frío y, sobre todo, profundamente triste. Y su propuesta es que, ante semejante desaguisado, lo único que nos queda es ampararnos en el sinsentido y derribar las paredes que nos contienen a base de situaciones que parecen no corresponder a una causa pero que, en el fondo, son intentos constantes, repetitivos y enérgicos de sentir algo, una sonora carcajada. De sentir que la vida, pese a tanto gris, vale la pena.

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