Magia

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Por Claudia Lorenzo

Hay quien se enamora del cine por su honestidad, por su fuerza, por esos 70 asombrosos que parieron a los grandes rebeldes americanos. Hay quien se enamora de Rohmer y sus interminables charlas, o quien cree que no hay nada mejor que el buen cine italiano. Hay quien bebe los vientos por los interminables diálogos de Tarantino y quien jura y perjura sobre el cine más clásico.

Y luego están (o incluso, a la vez) los que aman el cine por su magia, una magia que nace de las fantasías de Melies, que pasa por los pasitos cortos de Charlot hasta las largas piernas de Cyd Charisse, que se ve en los diálogos pícaros con sonrisa de medio lado de Cary Grant, en el rostro de Ingrid Bergman, en la voz de Julie Andrews en medio de las colinas, en el vuelo en bicicleta de Elliot o en los bailes de Satine y Christian. Los Spielberg de la vida que querrían también tener una empresa que se llamase la “fábrica de sueños”. La magia del cine no se puede explicar, se siente en las tripas y es un éxtasis profundo y maravilloso en el que uno piensa, tras ver un plano, una escena, un momento de la historia que se eleva sobre el resto “Eso es, así se pone en común todo lo que sabemos de arte, creatividad y fantasías. Para crear algo así”. Es un nivel más de apreciación en aquellos que ven una película, los que la disfrutan no sólo por su historia, por sus personajes o por su calidad técnica, sino también por su capacidad de generar sueños, de hacernos sonreír y pensar, una y otra vez, que por eso existe el cine, por ver ESO nos juntamos todos frente a una pantalla grande.

Por soñar nuestro cuerpo reacciona, nos descoloca, comienza a hacer cosas rarísimas. El mío sonrió durante todo el primer plano secuencia de La La Land, aprobando la valentía y la dirección de Damien Chazelle. Después de todo, y sinceramente, una de mis fantasías recurrentes es vivir en un musical de ese tipo y romper a cantar y bailar en el momento más inesperado. El disfrute de un soñador amante del cine no tiene una escala, como bien nos decía mi profesora de guión en la universidad, Isabel Azcárraga. Tiene muchas. Y si bien estudiar cine es lo que tiene, que descubres la trastienda de las películas, su proceso, y, al hacerlo, puede que te desencantes con ellas, una película que nos haga disfrutar tanto a nivel de espectador como a nivel técnico provoca un placer superior, un placer desconocido para el resto, ése que nos hace exclamar cuando acaba todo, no sólo lo bella que fue la película o lo maravillosos que nos hizo sentir, sino, Dios mío, lo bien hecha que estaba.

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Esos dos tipos de seres, el espectador normal y el cinéfilo empedernido, en mi caso, son personalidades que se derriten ante la magia, que mueren cuando observan que, de repente, sin venir a cuento y sin que parezca que sea sensato, Mia y Sebastian se van a dar una vuelta, Planetario adelante, por las estrellas, con una música que les acompaña constantemente, que ensalza lo que sienten, sus ganas de tocarse, de bailar juntos, de vivir en esa… magia. De ahí la piel de gallina. De repente, Damien Chazelle no sólo nos está contando una historia de amor “real”, sino que nos hace volar (¡¡volar!!) y nos dice: “Así se ama en las películas”. Y nos acordamos de la risita inicial de sorpresa que a todos nos dio en el cine viendo también la escena voladora a orillas del Sena en Todos dicen I love you, una risita que se congeló en segundos porque nos atrapó, otra vez, la magia. Y no sólo la magia del amor, la magia de los sentimientos. Nos atrapó la magia del cine.

Nosotros no volamos cuando amamos, aunque parezca que sí, no nos ponemos a cantar Griffith Park adelante (aunque creo que deberíamos) y no saltamos sobre el capó del coche cuando la 405 y sus seis carriles están detenidos. Pero nos encantaría, porque lo hemos visto en el cine, y porque la primera vez que vimos a Gene Kelly bailar y cantar bajo la lluvia, colgado hasta las trancas de Debbie Reynolds, pensamos: “eso es exactamente lo que siento yo después de una cita que ha acabado bien, que ha terminado con un beso”. El cine, y el musical en concreto, nos dio la magia que necesitábamos para saber que las ganas de chillar, cantar y bailar son inherentes al ser humano. La la land homenajea esa magia.

Sin embargo, independientemente de esa necesidad que todos tenemos que agarrarnos a una farola y girar sobre nosotros mismos mientras reflexionamos que, qué demonios, estamos locos por alguien, o por la vida, La la land es una película que honra a los soñadores que se pegan por lo que quieren. Que luchan, que se caen y que al final saben que lograrlo no siempre tiene un final como el de Cantando bajo la lluvia, aunque nos gustaría. La la land llega a la gente no sólo por sus colores, sus bailes, su música o su romance. Llega, sobre todo, por su final. Y gracias a su guión. Se dice mucho de él, simple y predecible, como si un gran porcentaje de la magia que siempre nos ha hipnotizado no sea una variante del “chico conoce a chica”.

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Si un filme funciona a los  niveles que está funcionando esta película, aunque a algunos no les encante, aunque no parezca una obra maestra, aunque no sea para tanto, se debe a su escritura. La la land tiene un guión que, como buen musical, se desarrolla con cada baile, con cada canción, con cada letra. Es un guión trabajado, en el que las piezas encajan perfectamente, en el que la historia no se entendería sin escenas o números musicales previos, en el que la desesperación de Mia va in crescendo, mientras las decisiones de Sebastian se ven justificadas por todo lo que ha ocurrido anteriormente. Sin tener un guión, una historia interesante, el final que todo el mundo alaba (muchos, a pesar del resto de la película) no sería ni la mitad de efectivo. Sin la historia previa, sin conocer el romance entre ambos personajes, su buen entendimiento pero, también, sus ganas de pelear por sus deseos, y sin saber que ambos han sido claves en la vida del otro para iniciar el camino, la nostalgia que producen esos minutos de epílogo, ese baile, esa música y ese “y si…”, no tendrían sentido. Son los primeros dos actos del filme los que crean la base para que su cierre sea perfecto, en el sentido más profundo de esta historia.

Hay quien dice que La la land es oscura, que su historia es mediocre o está plagada de clichés para esa generación millennial que todo lo quiere y nada puede, un término que cada vez parece más un saco en el que se mete a nacidos en dos décadas totalmente diferentes que se mueven en un mundo cambiante y en profunda crisis existencial. Los millennial hoy en día son las generaciones más precarias, pero también, paradójicamente, según los estudios, más consumidoras. Son los ni-nis pero también los trabajadores preparadísimos. Son los que se quedan en casa hasta más allá de los 30 pero también los que emigran. Son, al fin y al cabo, la gente con la que las empresas cuentan pero no sabe definir. La la land no es una película millennial, porque la generación millennial no existe, no realmente. No es una historia de ni-nis que no pelean por lo que quieren tanto personalmente como profesionalmente, como tampoco lo son los nacidos en los 80 y 90. Es una historia de optimistas, y peleones, y trasciende generaciones como lo han hecho, a lo largo y ancho de nuestro planeta, los relatos que merecen la pena. Y si no, podemos preguntárselo al señor de 60+ que se sentó a mi lado en la segunda proyección a la que asistí y que, según apareció el “The End”, explotó sin remediarlo en exclamaciones de alegría, de entusiasmo, de admiración por la película (“una maravilla”), Emma Watson (“fantástica”) y por Gerardo, el amigo que se la había recomendado.

La la land apela a todos aquellos románticos de verdad, que creen que si quieres, y trabajas, puedes. Pero que no asumen que el camino no va a estar plagado de baches, sino que aceptan los baches y siguen adelante. La la land no es simplemente una historia de amor, al menos no la historia de Mia y Sebastian, sino el relato de sus peleas frente a las pasiones de sus vidas: el cine y el jazz, respectivamente. Y el hecho de que no acaben lamentándose, como parece hacer Catherine Deneuve al final del clásico musical de Jacques Demy, por lo que podría haber pasado, el hecho de que miren, con nostalgia, hacia su vida años atrás con una sonrisa final, declara que ambos están satisfechos con lo que les ha tocado, alegres de los frutos de su lucha y agradecidos por la presencia del otro en una parte del relato.

La la land es puro cine, es pura magia y es pura historia de cómo los sueños, a veces, se hacen realidad. Tal vez no sea el argumento que esperábamos, pero sí es, como en el mejor “viaje del héroe”, el que necesitábamos.

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