Pura música, pura Irlanda

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Hay una fina línea que une Once y Sing Street, no sólo musical, sino también cultural.

Sing Street es la última película de John Carney, el director irlandés responsable, además de las mencionadas, de la encantadora Begin Again y la delirante Zonad (no sé en qué plataforma se puede ver, pero merece la pena descacharrarse de risa con ella). Sing Street ha sido definida como su película más personal, la que refleja sus años mozos en un instituto de Dublín en época irlandesa de vacas flacas (y ya van en la isla esmeralda). Es precisamente eso lo que transpira la cinta, pura Irlanda, desde el uniforme de los niños hasta el ambiente algo desgarrador que tienen todas esas casas escasamente bañadas por el sol. Es Irlanda y su pobreza, su crisis, su historia siempre trágica, la que sirve de trasfondo a la narración llena de energía y esperanza de Sing Street. Es, sin duda, su música la que segrega cada poro del filme y de la isla. Porque habrá recesiones, habrá escasez, habrá paro. Pero vive Dios que, en el caso de los irlandeses, también habrá una guitarra.

Carney recoge parte del testigo que ha dejado abandonado Richard Curtis con sus comedias románticas. El testigo que confía, primordialmente, en que el drama cinematográfico no sólo nace de la mala gente, ni de la sordidez del mundo (aunque también exista), sino también en la bondad, la capacidad de superación, el amor y la esperanza. Términos todos ellos en desuso que, sin embargo, definen básicamente nuestras vidas. Que laten bajo nuestra piel y que provocan la mayor parte de nuestras decisiones. Carney, como Curtis, confía en los seres humanos y en que, correctos o equivocados, tienen buen fondo para ser felices. Como Curtis, abre ventanas a patadas cuando una puerta se cierra. Para Carney, un problema siempre es una oportunidad, porque siempre se puede dar la vuelta a la tortilla y hacer de la tragedia, al menos, una tragicomedia.

Once, Begin Again y Sing Street siguen conflictos provocados por el simple hecho de estar en el mundo y vivir, no por repentinos y malignos actores que aparecen en el mundo. En la primera, dos almas gemelas se conocen, se entienden, se cogen cariño y se ven superadas por sus circunstancias personales. En la segunda, el miembro de una pareja se enamora de otra persona y, al decírselo a su novia, ésta se replantea su vida y las elecciones que ha hecho hasta ahora. Esto coincide con la época de crisis creativa de un directivo discográfico, que entró en barrena profesional tras ver cómo su vida personal se derrumbaba. Otra vez, dos almas que se conocen, se entienden, hablan un mismo lenguaje. En el caso de Carney es siempre el musical, pero podría ser cualquier otro.

En Sing Street, un adolescente hormonado hace lo que todos los adolescentes hormonados han hecho a lo largo de la historia: enamorarse. Y como enamorarse nunca es tan loco como cuando se hace a los quince años, el adolescente decide que, para llamar la atención de la chica (una aspirante a modelo), e influenciado por el siempre clásico Top of the Pops, lo mejor que puede hacer es rodar un videoclip y ofrecerle ser protagonista. Y para hacer un videoclip se necesita una canción. Y para hacer una canción se necesita un grupo.

Y así un rebelde proveniente de una escuela más pija y recién llegado a un sistema educativo prohibitivo, represor y confuso, maltratado por matones y curas a partes iguales, se encuentra con sus almas gemelas, todos los talentos marginados del colegio religoso de Synge Street que deciden formar un grupo. Y como esto es Irlanda, no hay nada más natural. Donde otros juegan al fútbol, los habitantes de Eire cantan. Y nuestro protagonista lo hace para escapar de un inminente divorcio familiar, de una situación nacional caótica y de unas circunstancias adversas. Para alcanzar el amor. Pero, sobre todo, lo hace porque alguien que no ha llegado tan lejos le inspira constantemente: su hermano mayor, que le ofrece vinilo tras vinilo, consejo tras consejo y mucha esperanza.

Carney, que dedica el filme a todos esos compañeros de fatigas hogareñas a lo largo de la historia, homenajea así su infancia, su cultura, su personalidad y, sobre todo, su pasión: la música. Porque si hay algo que estos críos hagan bien (muy bien) es música. Y con la fuerza que les dan Duran Duran, The Cure, Hall & Oates o Joe Jackson, nada puede salir mal.

Como mi madre me llevó a ver Bailando con lobos a los cinco años, no tengo mucho criterio a la hora de filtrar las edades con las que se puede llevar a los niños al cine, más allá del sentido común (y el sentido común no suele tener nada que ver con que se vea, o no, una teta en pantalla). Pero si hay una película que me hubiese encantado ver de pequeña, ésa es Sing Street. Si hay una película ahora mismo en cartelera que recomendaría a los críos, ésa es Sing Street. Si hay una película que te saca del cine con una sonrisa de oreja a oreja en la boca y el baile de San Vito en los pies, listos para lanzarse a saltar, ésa es Sing Street. Y si hay una película que ofrezca una visión optimista y esperanzadora de quiénes somos y a dónde vamos, ésa es Sing Street.

Además, seamos realistas, nunca se tiene suficiente música de los 80.

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