Nuestra infancia, Stranger Things, Cazafantasmas y esas chicas

ghostbusters

Por Claudia Lorenzo

Me surge la idea para este artículo a propósito de una conversación que tuve este fin de semana con una amiga. Ella acababa de planificar un ciclo de cine en el que le dijeron que faltaban mujeres, que no estaba equilibrado, y me preguntaba: “Pero no tiene porque haber un número equitativo porque sí, ¿no? Lo que tiene que haber es una buena selección”. En parte le di la razón porque en parte tenía razón. No debería importar que hubiese más hombres que mujeres en una lista o más mujeres que hombres. El problema viene cuando la generalidad de las listas que nos sirven de referencia en nuestra cultura popular de hoy en día está dominada por hombres.

Por ejemplo, acabo de leer en una revista de cine un artículo sobre la nueva Cazafantasmas, cuya idea revolucionaria es que está protagonizada por mujeres y que el papel de secretaría bimbo que siempre acompaña a los aventureros lo hace un hombre. El artículo está acompañado por una pieza que habla de cuáles son los recuerdos de la Cazafantasmas original que tienen cinco directores de cine entre 30 y 40 años de nuestro país. Los cinco directores de cine a los que preguntan son chicos. Pero esa película la hemos disfrutado espectadores de ambos sexos a lo largo de varias décadas.

Uno de los problemas que tienen nuestras referencias, sobre todo esas de los 80, es que todas están protagonizadas por chicos: los Goonies, Cuenta conmigo, Indiana Jones, Cazafantasmas y E.T. Incluso la actual Stranger Things de Netflix que tanto nos encanta  a todos tiene a tres chicos aventureros en el centro de la acción. Es verdad que hay una niña con poderes, una chica que decide pelear y una madre preocupada. Pero no hay una niña aventurera.

Es lo que yo llamo el síndrome de Los Cinco. Cuando era pequeña estaba obsesionada con los libros de Los Cinco. Quería vivir las mismas aventuras que ellos, formar parte de su grupo. Pero cuando jugaba a Los Cinco me imaginaba siendo yo, Claudia, la quinta integrante del grupo en vez del perro. No podía jugar a ser Julian ni Dick porque no era chico y no me veía en ellos. No podía ser Jo porque no tenía el menor interés en ser chico y no podía ser Ana, porque Ana era una remilgada que huía de la aventura en cada página y que se dedicaba a preparar emparedados. En mis libros favoritos yo no tenía un referente femenino que quisiese ser traviesa, rebelde o divertida como yo quería ser.

Si pienso en una película de mi infancia que me marcase, me viene a la cabeza Amigas para siempre, hoy considerada un clásico del “cine de niñas”. Otra sería Mi chica. Y tal vez Matilda. No elegía a mis referentes ni mis intereses de forma consciente, sino que intentaba buscar aquellos personajes en los que mi personalidad se viese reflejada. Y mi personalidad, además de muchas otras cosas, era la personalidad de una niña. Podríamos decir que yo comparto la mayoría de los referentes que tenemos de los 80 y 90, pero ellos no me comparten a mí. Que exista esta versión de los Cazafantasmas, que aún no he visto pero quiero ver, es una forma de reivindicar que nosotras también vamos al cine desde niñas, que nosotras también queríamos correr aventuras y que nosotras no queríamos ser solamente la chica que esperaba, sino la chica que iba. Significa que hay niñas que verán la película hoy en día y pensarán, no sólo que pueden protagonizar un filme, sino que pueden cargarse a los fantasmas ellas solas.

Las listas que hacemos de libros que hay que leer, películas que nos han marcado, historias que debemos conocer, crean un modelo, un precedente. Hace un par de día salía en El País una lista sobre los 15 libros que todo adolescente debe leer aunque sus padres no quieran. En esa lista había 15 novelas escritas por hombres y, en su mayoría, focalizadas en la historia de hombres. Cuando yo era adolescente mi experiencia no se parecía en nada a la que estaba viviendo un chico. Yo, de forma inconsciente, leía libros protagonizados por mujeres y escritos por mujeres, porque esas eran las historias en las que yo me veía reflejada. No quiere decir que la historia de la literatura masculina sea ajena a mis lecturas, ni mucho menos. He disfrutado con obras de escritores y de escritoras, de protagonistas masculinos y de femeninos. Pero, si yo soy capaz de leer las memorias de Coetzee o los libros de Paul Auster e identificarme plenamente con sus protagonistas, ¿por qué no pueden los adolescentes masculinos leer también a Jane Austen, las Bronte, Virginia Woolf, Sylvia Plath, Margaret Atwood, Joyce Carol Oates o Jeanette Winterson? ¿Qué tienen las mujeres que encabezan historias que no son tan “memorables”?

A lo largo de mi vida he estudiado historia, de la literatura, del arte, del mundo, del cine, de la televisión. Los grandes nombres de esas historias siempre son masculinos. Y es verdad que en su mayoría serían hombres (por circunstancias que merecerían otra discusión) y merecen estar ahí. Pero también es verdad que había muchas mujeres que no han sido registradas, muchas mujeres de las que yo hubiese querido saber más. Mujeres que estaban y que han caído en el olvido.

Como comunicadores, como responsables de creación y recomendación de contenido cultural, me parece importante que pongamos a las mujeres a la misma altura de los hombres. Porque sí que existían esas voces y porque, aunque nosotros tengamos que hacer un esfuerzo por aprender quiénes eran, por memorizarlas, por recordarlas con la misma facilidad como recordamos a esos hombres que ya son parte de nuestro pasado, que nosotros los convirtamos en nuestras referencias hará que otras generaciones piensen en ellas de forma instantánea.

Porque donde alguien pone El guardián entre el centeno, yo también pondría La campana de cristal, donde alguien pone El retrato de Dorian Gray yo colocaría además Orgullo y prejuicio, y, donde alguien recomendaría Madame Bovary, yo añadiría El despertar, de Kate Chopin. Mis lecturas y mis series y mis películas y mis obras de arte de referencia no corresponden sólo a un sexo, a una visión del mundo, de una única mitad. Tampoco creo que deban serlo las del resto. Porque, muchas veces, echando la vista atrás, nos tratamos como una minoría. Pero somos el 50% de este planeta.

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