Antes y después de Julie Delpy

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Por Claudia Lorenzo

Hay vida antes de Julie Delpy. Pero, para una generación que creció al ritmo de los Jesse y Celine de la trilogía Antes de…, hay mucha más vida después de ella y esa protagonista que enamoraba no por cómo era físicamente sino por todo lo que tenía que decir. La Delpy había despuntado ya en el cine galo pero fueron las películas de Richard Linklater las que la convirtieron en un icono y, al final, le dieron su primer crédito como guionista (y dos nominaciones a los Óscar).

Categórica, sin pelos en la lengua, listísima y con un arrollador sentido del humor se personó Julie Delpy en la Cineteca madrileña para una clase maestra que más bien fue una charla maestra dirigida por un caótico diálogo entre ella, la periodista Irene Crespo y la traductora, una bonachona mujer que veía su trabajo complicado una y otra vez por continuas intervenciones, aclaraciones, explicaciones y añadidos de la francesa a la versión española.

Delpy venía a España a presentar su última película como guionista, directora y actriz, Lolo, una comedia con Danny Boom en la que interpreta a una mujer que se enamora de un tipo totalmente opuesto a ella y que ve cómo su hijo veinteañero intenta boicotear una y otra vez la relación. “Es más fácil que la gente financie comedias. Quiero hacer un drama sobre unos soldados japoneses, pero nadie me da dinero”, declaró, con una sonrisa, encogiendo los hombros.

No es la Delpy una mujer que se deje esconder, aunque parece cauta al principio a la hora de exponer su opinión directa, matiza constantemente sus afirmaciones con “al menos, eso pienso yo” y lanza a diestro y siniestro la coletilla “¿sabes?”. Con el tiempo se hace al público, que llena la sala, y deja que todo lo que tiene que decir sobre el mundo fluya con ironía, con nitidez y un profundo amor por su trabajo y por el cine. Por el arte. “La gente debería luchar por su cine. Es cultura. Los gobiernos deberían darle dinero a la cultura, es tan importante como la educación o la investigación. Es lo que define a un país”. “¡En este país eso no pasa!”, le gritaron desde el público. “Ya, ya me he enterado”, afirmó, seria. No es una mujer con ideas radicales, como muchos dicen. Ni una tipa que asuste. Es alguien con la mente tan clara y brillante que tenga o no razón hace que sus interlocutores quieran escuchar más, saber más, obtener más de ella.

Desde Antes del atardecer y su debut tras las cámaras, Delpy ha dejado algo de lado su carrera interpretativa para centrarse en escribir y dirigir y sólo actuar en sus propios filmes. Y, como les ocurre a muchas otras creadoras que también salen ante la cámara, se confunde la personalidad de la artista con el personaje que fabrica y/o interpreta. “La industria prefiere financiar películas que cuenten historias de gente que se parece a mí. O que parece que se parece a mí”, declara. “La gente se siente más segura cuando creen que estoy hablando de algo de lo que sé, aunque en realidad no tenga ni idea”.

Su mantra es simple pero efectivo, potente, cabezón: “Nunca te rindas”. También confesó que, a pesar de lo duro que es trabajar en esta industria, ella la amaba con pasión. “Siempre me siento viva, pero me siento más viva cuando estoy en un rodaje”, manifestó ante el público que le pedía consejo.

Mezcla en su personalidad el romanticismo francés y el pragmatismo americano. “Creo que dirigir una película es un 90% ser práctico y un 10% ser creativo. Tal vez no quieran financiarme el guión que yo creo que está redondo, perfecto, sino uno que sólo está bien. Pero, ¿que quieren ése? Adelante. Es mejor tener una película en la mano, pequeña, bonita, decente, que ninguna película. Ser un perfeccionista no es bueno a la hora de dirigir una película. Hay autores que pueden permitírselo, claro, pero yo no hago obras maestras, hago, películas entretenidas”.

Y las hace a relativo buen ritmo. Lleva rodando desde 2007 (sin contar Looking for Jimmy, una película hecha en el jardín de casa) y ha firmado ya cinco obras como directora y guionista (Dos días en París, La Condesa, Dos días en Nueva York, El Skylab y Lolo, en cines el 22 de julio), además del guión de Antes del anochecer, también nominado al Óscar. “No es que consiguiese dinero para hacer mi primera película”, confiesa, entre risas. “Les engañé para que me diesen dinero. Acababa de hacer Antes del atardecer, que había tenido bastante éxito, así que en vez de otro guión que tenía, les presenté Dos días en París: un americano, una francesa, la Ciudad del amor. Se creyeron que lo podía hacer porque sabía hacerlo, porque acababa de hacer exactamente lo mismo. Y aunque les dije que no sería justamente Antes del atardecer, les dio igual. Además, escogí a Adam Goldberg como protagonista y los productores alemanes lo confundieron con Adam Sandler porque, qué narices, cómicos, judíos, americanos… todos les parecieron iguales. Pero claro, uno es mundialmente famoso, y el otro no. Adam Goldberg, a su vez, había sido mi novio y le hice sentirse culpable por haberme dejado. Sólo utilicé a gente a la que conocía. Otro de mis ex-novios también está en la película. Y mis amigos. Mis padres. Después recordé que, cuando era joven y guapa, había muchos tipos famosos que querían salir conmigo y yo no estaba interesada. Qué pena, ahora podría utilizarles para mis películas”.

¿Y qué ocurre con Hollywood y las mujeres? “No es sólo Hollywood”, aclara, “el cine independiente también tiene el mismo problema. Pero es un problema del que no soy capaz de hablar, porque no lo entiendo. Las mujeres son buenísimas a la hora de hacer varias cosas a la vez, que es exactamente lo que significa sacar adelante un rodaje. No entiendo dónde está el conflicto”.

Irene Crespo sacó a colación un comentario que le hizo Sam Shepard a Julie hace años cuando ella le leyó una página del guión que estaba escribiendo por aquel entonces. “Me dijo: eres preciosa, no hagas nada más”, explicó Delpy entre risas, a la vez que anotaba que Godard o Kieslowski sí que la habían apoyado mucho. “Parece que, en el momento en el que te vuelves creadora, parte activa, algunos hombres pierden interés en ti. Alguien me dijo que para qué quería ser directora si iba a poner en riesgo mi empleo como actriz porque los hombres ya no me encontrarían misteriosa”.  Sin embargo, como ella dice, tiene una personalidad testaruda y dominante. “Dominante dulce, no malvada”, aclara.

La lucha de la francesa no es sólo feminista, es también cultural. Adora el arte, el cine como su séptimo exponente, y agradece constantemente el apoyo de sus padres y la educación que le dieron. “Me llevaban a ver películas que, claramente, yo no entendía a los nueve años. Bergman, por ejemplo. Pero les agradezco que me dejasen acceder a ellas, porque hizo que las apreciase antes. Así estoy educando a mi hijo. Creo que, cuanto antes acerques a las personas a la cultura, mejor, porque tendrán más interés en ella. Mientras algo sea bello e interesante, ¿por qué no? Estoy en contra de esa idea de que los niños tienen que vivir en una caja de cosas sólo adaptadas a ellos. Hay quien dice que no tengo razón. En América creen que no tengo razón. Pero, claro, esa es la tierra en la que vives en Disneylandia hasta que cumples catorce años y, después, te compras un arma”.

Horrorizada profundamente ante la situación que vive la asignatura de filosofía en España, Delpy afirmó que esa clase le había salvado la vida. “Creo que el hecho de que en Francia todo el mundo crea que es un ser humano único, especial, viene dado por ese año que estudiamos filosofía. Cada persona se convierte en un individuo gracias a la filosofía”, afirmó, declarando incluso que los niños de siete u ocho años deberían aprenderla, aprender a pensar por sí mismos. Y volvió a repetir que, mientras se les estimule con cosas bellas e inspiradoras, ¿qué puede salir mal?

Lolo

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