Amelia toca el piano, habla inglés y etcétera, etcétera, etcétera

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Por Claudia Lorenzo

Una temporada más, y sin saber cuándo volverá, se despidió el Ministerio del Tiempo. Si el año pasado eran Lorca y la congoja de Julián por no poder cambiar el destino del poeta los que cerraban los ocho capítulos de la corriente más fresca que había vivido la ficción televisiva española del último siglo, este año Javier Olivares y su equipo de guionistas han dado un martillazo en la mesa y, reservando las revelaciones personales para capítulos anteriores, han decidido irse de la forma más digna posible: con un capitulo distópico y aterrador que hace apología de uno de los mayores estandartes de la serie de Televisión Española, el feminismo.

En este “Cambio de tiempo”, a Felipe II, el Prudente, se le ocurre dejar de serlo y decidir que, ya que tiene el instrumento perfecto (las puertas del tiempo) y la determinación, por qué no cambiar la historia de España y evitar que fracase la Armada Invencible. El poder corrompe a través del tiempo convirtiéndose en un hermano deforme y feo de los ya terribles totalitarismos. Y ese poder que el rey ejerce sobre España desde 1588 somete a todos los personajes del Ministerio menos a la patrulla que siempre nos ocupa, la formada por Amelia Folch (Aura Garrido), Julián Martínez (Rodolfo Sancho) y Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda), que vuelven de salvarle la vida al mismísimo Argüelles (el de la parada de Metro), no sufren los cambios impuestos por la tontería que le ha dado al monarca del siglo XVI y se encuentran con un mundo nuevo y desconocido.

Esos cambios se alargan en significados y tiempos: no hay libertad de expresión, el Imperio Español vive en constante guerra con sus enemigos, la Inquisición sigue campando a sus anchas por el territorio (y prohibiendo libros, cuando no cargándose a sus autores antes de que los escriban) y la tristeza y la monotonía medievales siguen dominando a la nación. La historia y sus guionistas podrían haber elegido cualquiera de estos temas para desarrollar una trama espeluznante que no deja de valorar lo mucho que hemos evolucionado (aunque nos queden pasos que dar) en comparación con quiénes éramos hace cuatro siglos. Pero Javier Olivares y David Sainz-Rozas hacen bandera de un asunto que, a lo largo de la historia, ha afectado de forma directa a media humanidad y de forma indirecta a la otra media: la igualdad de sexos.

“Cambio de tiempo” comienza con la rabieta de Felipe II por el desastre naval pero poco después enlaza varias escenas: Alonso se despierta y ve que su novia, Elena, le ha dejado; Irene y su nueva pareja, Rocío, se despiden con  un beso tras una noche de placer; Julián habla con Amelia tras confesarle ésta que se acostó con Pacino antes de su vuelta de Filipinas y la nueva supervisora de Salvador Martí, mujer, se reúne con el directivo mientras éste menciona que ya ha habido una directora del Ministerio.

Ahí es donde quiere ir a parar el capítulo. Al hecho de que la vida de las mujeres ha cambiado de forma radical, a mejor. Al hecho de que la libertad ha llegado al sexo femenino pero también le ha dado alas al sexo masculino. Al hecho de que la igualdad entre ambos es algo que no sólo aprecian y cuidan ellas, sino también ellos. Al hablar de cómo sería el mundo de tener todavía a un Felipe II sobre nuestras cabezas (como ocurre en muchas naciones aún hoy en día), los responsables de cerrar la temporada se alejan de luchar por la libertad de expresión, de religión, de sexo o de lo que sea y discuten un tema que abarca todos los anteriores: los derechos de la mujer.

Claro que la lucha no es inmediata, requiere tiempo. Amelia no utiliza la bandera feminista para trazar su plan de ataque a esa nueva realidad. No dice en voz alta que no quiere un país en el que tenga que dedicarse a fregar, poner la mesa o parir críos. No cree que haga falta declarar que lo que están viviendo está mal y que su vida de siempre es mucho mejor. Pero cuando sus compañeros le confiesan que en este 2016 gobernado por Felipe II viven con las mujeres de sus vidas, la fallecida Maite (en el caso de Julián) y la huida Elena (en el de Alonso), Amelia les taladra con la mirada y pregunta: “¿No me vais a ayudar, verdad?”.  Segundos después, añade: “Entiendo lo difícil que debe ser ver cumplirse todos tus sueños y tener que renunciar a ellos. Pero yo no puedo vivir en un mundo sin derechos y en el que siga existiendo la Inquisición”. Mientras Julián y Alonso miran hacia sí mismos para defender su elección, Amelia elige al resto de la humanidad para argumentar su postura. No dice “en este mundo tendré que casarme y seguir en administración, en vez de irme a la aventura” para ofrecerles un chantaje sentimental igual al que ellos le lanzan a la cara. Simplemente, una vez expuestas sus ideas, declara: “yo voy a cumplir mi parte del plan, vosotros pensad si cumplís la vuestra”.

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Amelia sabe dónde jugar su baza feminista, y lo hace cerrando un círculo. En el capítulo piloto, Irene Larra (Cayetana Guillén-Cuervo) liberaba a Amelia de una sociedad que no la escuchaba lo suficiente y le ofrecía una audiencia que respetase lo que tenía que decir. Ahora es el turno de Amelia de devolverle el favor. No la saca de su realidad, porque es imposible, pero le presenta una alternativa, una vida paralela, en la que Irene es “jefa de logística de este Ministerio”, y no administrativa. “En el mundo de dónde vengo las mujeres pueden tener cargos de poder y no es delito que amen a otra mujer”, añade. Y ahí enciende la chispa que desencadenará la decisión de Irene de salirse del orden preestablecido. Pero la ahora administrativa no se salta las normas por Amelia, Julián o Alonso, sino por ella misma, por la mujer que puede llegar a ser.

Porque dentro de tanta obediencia, de Maite y Elena recitando el credo y creyéndose a pies juntillas todo aquello que les han enseñado, hay también mujeres (y hombres, pero no son objeto de tanto estudio en el capítulo) que bullen por dentro y subvierten las (bajas) expectativas que la sociedad ha depositado en ellas. Irene es la rebelde a la que le falta el contexto, la mujer que dice sí pero no, aquella que por dentro se niega a comulgar con lo establecido. “Os lo suplico, tenéis que conseguir que la Irene que exista sea ella [la del otro 2016] y no yo”, le ruega a los patrulleros. La Irene dominada por Felipe II pide su muerte a cambio de ser un ser humano de pleno derecho. Y así se hace eco de la voluntad de tantas activistas que dieron su vida por un futuro mejor para sus hijas.

Mientras tanto, los chicos comienzan a sospechar que no todo es de color de rosa. “La Maite que yo conozco me hubiera tirado un plato a la cabeza si no la ayudo a poner la mesa”, dice Julián en un momento del capítulo en el que él y su pareja comparten cena con Alonso y su chica y ellas se afanan con las tareas diciendo “esto es cosa de mujeres”. “La Elena que yo conozco, también”, responde Alonso, “esta Elena es más como Blanca”, añade, refiriéndose a su antigua mujer, aquella de la época de los Tercios de Flandes. “¿Y qué te gusta más?”, le pregunta Julián. “No lo sé, no quiero pensar en ello, me da dolor de cabeza”.

Durante varios capítulos, ha sido una discusión continuada la convicción de Alonso por vivir mejor con una mujer de su siglo, que le haga caso y le obedezca, y la defensa de la libertad femenina de Julián, que declara que, si ellas no son libres para decidir, ¿cómo va a saber Alonso que quieren estar con él? Y si bien Alonso está modificando poco a poco su actitud hacia el sexo opuesto, gracias sobre todo a la influencia de Amelia, esa lucha, como pone de manifiesto la escena, aún le incomoda. Pero llega un punto en el que la molestia que le produce lo que ocurre pesa más que aquello que le gustaría que ocurriese. “Que me da igual si te duele la cabeza, Alonso, piensa, ¿y si Amelia tiene razón?”, exclama Julián, ya con su propia respuesta en mente. “No son ellas”, dice, en referencia a sus parejas. “No tienen su alma”.

Desde el inicio, y a pesar de la belleza imperante en las mujeres de la serie, el guión se ha cuidado mucho de referirse al físico como síntoma de genialidad. Sí, Amelia es guapa, pero su principal característica no es esa, sino que es lista como el hambre. Sí, Irene tiene un culo perfecto, pero lo que destaca la historia es su valentía para enfrentarse a lo que le venga. Sí, Maite era muy dulce, pero a Julián lo que le gusta de ella es la relación que mantenían. Y sí, Elena es físicamente igual que Blanca, pero ahí termina su parecido. Alonso no se está enamorando ya de la doble de su mujer, sino de una activista y abogada del siglo XXI que protesta contra los desahucios, se engancha a las redes sociales y es capaz de quererle a pesar de sus rarezas.

“Es por mí, me da miedo estar solo”, dice Alonso para justificar su negativa a luchar contra Felipe II. “No te jode, y a mí”, responde Julián. Pero vuelven a Amelia, la única mujer de su entorno que mantiene su identidad intacta. Y quieren proteger esa identidad, ayudarla, trabajar en equipo con ella. Porque, efectivamente, Amelia es más lista que el hambre. Y también porque, qué demonios, juntos dejan de estar solos.

Si el final de esta segunda temporada del Minsterio del Tiempo tiene brochazos feministas, la mayor pintora de esta hora y cuarto de televisión clásica es Aura Garrido, que ha seguido con paciencia interpretativa la evolución de Amelia y su crecimiento como mujer, que ha descubierto cómo transformar a la ingenua adoradora de Lope de Vega y enamorada de Julián en una valiente seductora capaz de enfrentarse a su futuro e intentar conseguir aquello que quiere. La actriz ha alzado la voz cuando la muchacha lo pedía, se ha mantenido reflexiva cuando algo la carcomía por dentro e incluso se ha tragado su orgullo cuando, confiando demasiado en sus dotes de mando, ha elaborado planes fracasados.

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Amelia es la menos apasionada de la patrulla porque su lado racional se impone, y aunque es precioso ver cómo se deja llevar por sus instintos, es también bonito ver cómo la compasión, la templanza y la entereza hacen de ella la mujer que es al final de la temporada, un ser nada rencoroso con el hombre desesperado y dictatorial que ha ordenado su tortura y ejecución y que ejerce de ángel de la guarda en un momento en el que, como Salvador Martí declara una hora antes, todos somos iguales. Hay algo que Felipe II y Amelia comparten, y es el miedo a conocer su propia muerte, lo que convierte su alegato final a favor de una muerte digna en algo de justicia poética. La historia no se puede ni debe cambiar, porque no sabemos si la alternativa será mejor o peor. Pero, ante la oportunidad, tenemos derecho a darle a nuestro final el tono que queramos.

Javier Olivares ha declarado varias veces que Isabel, Víctor Ros y El Ministerio del Tiempo son series sobre su identidad como español, sobre quiénes somos. A esta máxima ha aplicado su más afilado sentido del humor, su expresión más crítica y también su orgullo más sincero. Y así ha dibujado a sus protagonistas: el valeroso y honorable guerrero (Alonso), el socarrón compasivo y conflictivo trabajador (Julián) y la artística y racional intelectual (Amelia). Así nos ha dado no una, ni dos, sino al menos tres Españas diferentes y enternecedoras. E incluso se ha permitido un grado de optimismo: a finales del siglo XIX, en una etapa convulsa para las mujeres universitarias, Amelia ha logrado aprender a hablar inglés con un perfecto acento británico.

Que como decía el poeta (español), la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Todos los capítulos del Ministerio del Tiempo se puede ver aquí.

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