La luz en el punto de vista

room

Por Claudia Lorenzo

Es complejo hablar de una película de la que es mejor no decir nada. Ni una palabra. Abstenerse de ver tráileres (si no le han pillado a uno a traición), leer críticas e incluso escuchar entrevistas con los implicados. Y, por supuesto, ni tocar el libro en el que se basa. Me maravilla pensar lo que debe ser ver La habitación con ojos vírgenes, sin saber qué va a contar o cómo va a hacerlo. Ha de ser una experiencia mágica.

Todo lo que recomiendo no hacer, yo lo hice. Lo hice sobre todo tras ver un tráiler lleno de detalles y pensar “de perdidos, al río”.

La habitación es la historia de un punto de vista, de lo importante que es la perspectiva en las narraciones, las películas e incluso la vida. De la distorsión que nace de una transformación. De la magia que surge de decidir ponerse en la piel de la versión menos convencional de una historia. Y, sobre todo, de la honestidad que requiere apostar por ese punto de vista y no moverse de ahí, confiar en que el espectador. con su propio ojo, va a rellenar los huecos con lo que no se ve, lo que imaginamos sin conocer.

La habitación nace del horror y la curiosidad, más infinita que el miedo, de su autora y guionista, Emma Donoghue, tras leer en las noticias el hecho real en el que se inspira. Su novela homónima, tan laureada como criticada, es la base de un filme que el cineasta Lenny Abrahamson se echó a la espalda de una forma apasionada. Sus perspectivas (la insistencia de la autora por mantenerse fiel a su relato y lenguaje y el compromiso del director de respetar la contención de la historia) son parte del éxito del filme y las que consiguen que un argumento horripilante no bordee el morbo ni la cursilería, sino el impensable encanto.

Obviamente, igual que ellos son parte del éxito, lo es la gran interpretación de Brie Larson (que ya enamoró en Short Term 12), su compromiso corporal al papel (DiCaprio habrá luchado con los elementos en El Renacido, pero el desgaste físico de la actriz que, de un entorno mucho menos expansivo, hace un universo, no es baladí) y su química con Jacob Tremblay, quien interpreta a su hijo. El triunfo de Brie en este filme es, no sólo interpretar a Ma y abordar todas sus idiosincrasias, todos su altibajos, sino, a la vez, arropar el torbellino de sus emociones en un entorno cómodo para el niño.

Porque si ésta es una historia de puntos de vista, la estrella de la función, el actor que todo lo transmite y deja al espectador anonadado es Tremblay, un pequeño genio con una intuición para la interpretación y una frescura que marcan la diferencia. Sin duda, todo el elenco se beneficia de la mirada limpia del intérprete y de su honestidad ante la cámara.

Hay sudores tras la narración de esta historia, no me cabe duda, porque no es fácil agarrar por los pelos el asunto y enfrentarse a él. Pero también hay triunfos. Muchos. Lo bonito no es que existan, es que produzcan un resultado tan luminoso.

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