Paula e Isabel

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Por Claudia Lorenzo

Cuando Mi vida sin mí se estrenó, yo tenía un pie fuera del colegio y uno dentro de la carrera de Comunicación Audiovisual. Mi vida sin mí me volvió loca. Yo quería hacer eso, quería ser Isabel Coixet. Sí, de aquella era igual de fan de Woody Allen y Billy Wilder que ahora, pero dentro del cine español, dentro de las mujeres de nuestro cine, Coixet me cambió la vida. Ver La vida secreta de las palabras no hizo más que aumentar lo que ya sentía por su labor. Y si bien, desde entonces, he visto películas suyas que me han gustado más y otras que me han gustado menos, siempre me ha admirado su valentía, sus ganas de mostrar lo que ella ve y la personalidad de sus propuestas. Tiene una idea y va a por ella, sin pelos en la lengua ni perdones que valga. Mantiene un sentido del humor perfecto y, además, es socia fundadora de CIMA.

A Isabel le tengo un cariño especial porque, aunque antes existieron Pilar, Gracia o Icíar, para mí la irrupción de Coixet en el cine patrio con miras internacionales, con actores angloparlantes, con una inmensa Sarah Polley, fue un testimonio de que se podía hacer, se podía lograr, y nosotras podíamos llegar a Canadá a meternos en una caravana y rodar una película que emocionase. Isabel abrió una puerta de aire fresco en mi vida, de cine diferente, de voluntad de pelea, que nunca se ha cerrado.

La década de relación personal (unilateral) que llevo con Isabel es mucho más larga que la que tengo con Paula Ortiz. De hecho, vi De tu ventana a la mía y La novia con una semana de diferencia, una en preparación de lo que me podía esperar con el estreno de la otra en el Festival de Cine de San Sebastián. Las condiciones (no ideales) en las que vi su ópera prima y el impacto que me causó me hicieron darme cuenta de que esta mujer que había estudiado un doctorado en guión en Estados Unidos, que llevaba años dando los pasos que yo quería dar en el mundo del cine, merecía la pena. Y tenía ganas de La novia, muchas, pero ninguna expectativa.

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La sacudida que supuso la adaptación de Bodas de sangre en mi vida podéis leerla en la crítica que hice hace unos meses. Me parece injusto mantener esa visión ante espectadores que han visto el filme después de escuchar cosas sobre él durante meses, un boca-oreja intenso en el que los periodistas nos involucramos, declarando nuestro amor por ella (y ahí están los Premios Feroz para demostrarlo) y, a la vez, aniquilando ese aura de magia inconsciente en el que nosotros la habíamos visto. Una ola que tal vez hicimos crecer y romperse sin sentido. Porque, si bien son una enamorada confesa de La novia y sé que lo que yo vi en aquella sala fue algo absolutamente sorprendente, y no sólo bonito, como mucha gente puede pensar, también soy consciente de que es un tipo de película que no gustará a todos y que, en sus detractores, encontrará críticas tal vez constructivas y tal vez llenas de simplezas.

Lo que indica La Novia es que detrás de las cámaras, al frente de un equipo que peleó contra los elementos y los versos de Lorca, había una cabeza pensante con unas ideas tremendamente claras. Una directora que sabía qué quería hacer y que no dejó de intentarlo hasta conseguir ese plano, esa frase, ese verso dicho con naturalidad. Tragarse Lorca y escupirlo como si fuese lo primero que hablas tras despertar por la mañana no es moco de pavo, y la pasión por el proyecto de Paula Ortiz y la frialdad de su cabeza para llevarlo a cabo volvieron a sacudirme. La universitaria que quería ser Coixet había entrado en coma profundo tras descubrir la realidad de la vida, la necesidad de tener un trabajo y lo complicado que era hacer cine, en general. La figura de esta mujer aragonesa de personalidad inmensa no sólo influyó en mi yo de periodista cinematográfica, espectadora de cine o estudiosa. También en mi yo guionista, directora de cine y soñadora.

Meses después conseguí ver por fin Nadie quiere la noche, esa película con la que una mujer, esa mujer que tanto me había inspirado años ha, había inaugurado el Festival de Berlín. Y yo, que soy fan pero también humana, la vi con la mosca, y las críticas que había leído, detrás de la oreja. Otra vez, muchas ganas, pocas expectativas. Y además de pasar frío, porque pasé mucho frío viéndola, me enamoré de esta historia de mujeres en situaciones extremas, de días llenos de retos simples y horas al límite. Me abrigué bien mientras era testigo de la fortaleza de sus dos protagonistas, de la cabezonería de Josephine, muy como la de su directora. Y pensé: “Olé sus huevos, otra vez”.

Me han encantado Un día perfecto y Truman, y lo cortés no quita nunca lo valiente. Pero, aunque tristemente (muy tristemente) para mí, Paula, Inma y su novia se hayan ido sin nada, e Isabel no haya sido vista por toda la gente que debería haber ido a pasar frío al cine, su presencia, de dos directoras, de dos socias de CIMA, de dos mujeres con visiones impactantes y diferentes de la vida, su presencia, como digo, en la gala de ayer, es algo que disfrutaré toda la vida.

Podéis ver la filmografía de Isabel aquí.

Podéis ver la filmografía de Paula aquí.

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