Mucho más que un voto

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Por Claudia Lorenzo

El sufragismo femenino ocupa en mi libro de Historia del mundo contemporáneo de 1º de Bachillerato cuatro párrafos exactos, bajo el epígrafe “Los nuevos movimientos sociales”. Lo sé porque los acabo de contar. Son cuatro, y escasos. Acaba diciendo “Aunque hay una diferencia de ritmo muy notable entre Estados Unidos y Europa, se puede concluir que un siglo después de la Declaración de los Derechos del Hombre, la mayoría de aquéllos se iban extendiendo a la mujer. Su plena consolidación, sin embargo, fue una de las conquistas del siglo XX”. Porque, como ya sabe todo el mundo, hay igualdad plena entre hombres y mujeres en todo el mundo.

Me he zambullido en mi libro de historia por una razón muy simple: he visto Sufragistas. Y perdónenme si me equivoco, pero soy incapaz de recordar en qué momento de mis 14 años de escolarización estudié la lucha de las mujeres por conseguir el voto con tanta profundidad como el reinado de determinados tipos que, está visto, me importaron bien poco porque olvidé todo lo que habían hecho.

Sufragistas es una de esas películas que impacta por cómo cuenta la historia tanto por lo que cuenta, una de esas narraciones que nos han hecho quienes somos. Sobre todo a nosotras. Como mujer, como ese 50% de la población a la que referencia Carey Mulligan en un diálogo beligerante, no me han logrado detener, como no detuvieron a muchas más antes. Y me debo a ellas, a éstas que lucharon, pelearon, se organizaron y lo arriesgaron todo por un mundo mejor, por llegar a donde nunca había llegado ninguna antes, pero a donde tenían todo el derecho de estar.

En Sufragistas, Sara Gavron (directora) y Abi Morgan (guionista) cuentan la historia de unas mujeres de clase obrera, chicas que se pusieron a trabajar cuando eran niñas, que estaban deslomadas ya de adolescentes y que se casaron y tuvieron hijos y creyeron que eso era todo lo que les esperaba en la vida. Hasta que llegó gente como John Stuart Mill, diciendo que el voto femenino era igual de lógico que el masculino, o Emmeline Pankhurst, quien, harta de pedir las cosas como una dama, supuso que la única forma de que alguien hiciese caso a sus demandas era mostrando más carácter. Así las sufragistas abrazaron la violencia (contra objetos, no personas) y se dedicaron a reventar escaparates, acuchillar cuadros y poner bombas en buzones a horas en las que sabían que no habría gente cerca. También sufrieron palizas, detenciones injustas y fueron forzadas a alimentarse con un tubo cuando se negaron a comer en las cárceles hasta conseguir el estatus de presas políticas. Creedme, hacen falta más de cuatro párrafos para explicar lo mucho que pelearon estas mujeres.

Porque hace falta explicar algo que damos por supuesto durante todas nuestras lecciones de historia pero que no asimilamos como se merece: que nosotras no teníamos derechos, que no éramos ciudadanos de primera ni de segunda, si acaso de tercera, y que eran pocos aquellos que creían que merecía la pena partirse el pecho por cambiar el statu quo. Pocos hombres pero también pocas mujeres. Pocas, al menos, teniendo en cuenta que eran la parte sufridora. Porque si ahora hay quien niega el feminismo por considerarlo radical y anti-hombres, y si ahora muchas chicas prefieren ser “humanistas” (¿qué querrán decir?”) en vez de defensoras de la igualdad entre sexos, antes tampoco era diferente. Lo que pasa es que antes aún estaba todo por hacer y ahora, que vivimos de las rentas de esa primera ola de protestonas, resulta más fácil negar lo inevitable: sin feministas declaradas o feministas de corazón, estaríamos en casa limpiando, fregando o casándonos con alguien con quien no querríamos compartir una vida entera.

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El equipo de la película, repleto de mujeres.

Precisamente, lo bonito de Maud Watts, el personaje que interpreta Carey Mulligan, es precisamente el hecho de que la vida que llevaba antes de darse cuenta que podría llevar una mejor no estaba tan mal (bajo los cánones de la época): tenía un marido que la quería y a quien quería, con el que era feliz, un hijo al que adoraba, y un trabajo que, según ella, “no estaba mal”. Claro que una vez se rasca sobre la superficie, uno descubre que el marido la quería, sí, pero en casa y sin protestar, y que el jefe tal vez no era malo para los estándares de la época, pero sí algo abusón. En cuanto al hijo, su presencia consigue transformar la vida de una mujer que decide cambiar el mundo en una narración posible y corriente. “Eres una esposa, mi esposa”, le dice su marido, “y eres una madre”, y ella nunca niega esa identidad. Es esposa, es madre, es trabajadora, es mujer y es, también, ser humano.

En una línea de diálogo tan descacharrante como hiriente dentro de la Spielbergiana Lincoln, un hombre se enfrenta al presidente de Estados Unidos sobre su voluntad de abolir la esclavitud asegurando que, tras ser libres, los negros querrán votar. “¿Y qué vendrá después?”, añade, “¿que las mujeres también quieran votar?”. Todos los parlamentarios se retuercen de risa (quiero pensar que Lincoln, al menos el de Daniel Day-Lewis, tenía ganas de patearles la cabeza por ello) ante lo absurdo del comentario. Porque era absurdo pensarlo. Cuando a Maud Watts le preguntan qué haría si consiguiese el voto, se queda sin palabras, y admite que nunca había pensado en ello porque nunca había parecido posible, pero que si lo fuese… Ay, y se queda embobada considerando qué ocurriría si el mundo admitiese que hombres y mujeres eran iguales. Mulligan, que este año nos ha dejado a la Bathsheba Everdene de Lejos del mundanal ruido y a esta Maud Watts que crece con el tiempo, impregna a su personaje de una inocencia y una decisión únicas. El cambio que se produce en ella no es repentino, sino gradual. Pero no lento, como algunos pedían en las críticas, porque es un cambio de actitud irremediable una vez te has dado cuenta. Nos pasa a todas, a quienes crecemos pensando que todo está bien, que el mundo es así, que no hay problema, y que un día vemos la discriminación aún latente. Y cuando la ves, no puedes obviar que existe.

Se podrían hablar horas de la película, de su historia, de su propia calidad artística, de esos hombres que, al contrario que el marido de Maud, sí que estuvieron allí, dando la cara con ellas. Se podría hablar de Emily Wilding Davison o de ese funeral lleno de mujeres que clamaban en silencio. Hay tanto que decir…

Sufragistas es una película que hubiese deseado que alguien me pusiese en el colegio. Pero, sobre todo, es un momento de la historia que me encantaría haber estudiado. Porque no sólo significó “algo”, sino que, para mí, sin saberlo, lo significó todo.

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